Tim Powers – En Costas Extrañas

En Costas Extrañas
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En Costas Extrañas

Aunque la brisa de la noche le había helado la espalda durante toda la travesía, aún no había comenzado su trabajo nocturno
de barrer el aire húmedo que había dejado el día entre las palmeras y lianas, y el rostro de Benjamín Hurwood estaba cubierto de sudor antes de que el hombre negro le hubiera guiado siquiera una docena de metros hacia el interior de la selva.
Hurwood alzó el machete que llevaba en la mano izquierda (su única mano) y escudriñó intranquilo la oscuridad que parecía arremolinarse tras la vegetación, iluminada por la antorcha, que les rodeaba por todas partes, porque las historias que había oído sobre caníbales y serpientes gigantes parecían ahora más que plausibles. Y pese a sus recientes experiencias, era difícil confiar plenamente en la seguridad que le proporcionaba la colección de rabos de buey, bolsitas de tela y estatuillas que colgaban del cinturón del otro hombre. En aquel bosque primaveral, no servía de mucho llamarlos gardes, arrets y drogues en vez de fetiches, ni calificar a su compañero de bocor en vez de considerarlo brujo, o chaman.

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